miércoles, 25 de marzo de 2020

Cuarentena


Ojalá nos curemos en el aislamiento
que el aislamiento nos cure del egoísmo
que la falta de egoísmo nos cure de la falta de empatía
y que la empatía nos cure del odio de una vez por todas.

Ojalá que actuemos sin premura
que la premura no nos queme las papas
que el horno no está para bollos
y que las abolladuras no sean internas.

Ojalá que todo reinicie a cero
que cero no sea pasajero
que lo efímero esta vez sea verdadero
y que lo verdadero no sea material.

Ojalá podamos aprender de esta calamidad
que la calamidad aprenda de nuestros errores
que los errores no se equivoquen
que los que nos equivocamos somos nosotros.

Ojalá logremos ver lo realmente importante
que lo importante no nos encuentre mal parados
que nos encuentre preparados
y que los dispuestos seamos más que los avivados.

Ojalá que todo termine y algo nuevo comience
que lo nuevo no sea perecedero
que lo fugaz sea duradero
y que lo duradero sea felicidad.

Ojalá que lo más importante sea abstracto
que lo abstracto sean sentimientos
que los sentimientos sean positivos
y que los sentimientos positivos sean de amor.









sábado, 7 de marzo de 2020

La cueva


La oscura densidad de su interior ofuscaba su fétido hedor, los pocos rayos de sol de luz tibia que lograban rasgar su húmeda ambientación, apenas iluminaban la lúgubre cueva. Mi hermano y yo, siempre quisimos volver, solo los años trataron de hacernos olvidar aquella sensación de horror que sentimos en ella, éramos unos niños intrépidos y traviesos, mas no imaginábamos lo que aquella vez nos acontecería. Por eso cuando cumplí 15 años y con mi familia volvimos a ir de vacaciones a Mina clavero, Córdoba. Decidimos volver a la cueva, mi hermano —de 18 años— me dijo tempestivamente al oído:
—La bestia no nos va a volver a asustar, esta vez llevaremos linternas, mi navaja Suiza, la cantimplora que me regaló la tía Elena, la cámara de fotos —para dejarlo registrado— y la brújula que te regalaron para tu cumpleaños.
Nos alejamos del grupo familiar con la excusa de ir a nadar a una zona menos poblada, yo había hecho un mapa rústico una vez llegamos a casa, en él decía: Desde el Balneario Rio Mina Clavero ir hacia el noroeste hasta el sendero de la muerte. Mi memoria siempre fue buena, mas a los tiernos diez años no se podía esperar que fuera muy exacta. Tardamos mucho en llegar al sendero, ese que una vez allí no podríamos perdernos, los dos sabíamos que era inconfundible, este estaba hecho de huesos y calaveras, cosa que me dio pesadillas durante años. Soñaba que corría por el sendero de huesos y me perseguía la bestia, nunca llegamos a verla, mas escuchamos su áspera respiración y sus oscos rugidos, quizá se tratase de un animal salvaje, mas nunca habíamos escuchado semejantes ruidos de un animal. Pero lo peor fue su grotesca sombra, eso fue lo que nos hizo llamarlo: “la bestia”. Obviamente cuando la vimos y escuchamos su estruendoso rugir, huimos a toda velocidad. Siempre viviríamos con la tormentosa y tortuosa duda sino volvíamos y conseguíamos siquiera alguna prueba. Me conformaría con que sea un Oso o un Jabalí, pero los dos estábamos seguros de que se trataba de una monstruosidad de la mitología Comechingones.
Nuestro bisabuelo era descendiente de los susodichos y siempre que íbamos a veranear a Mina Clavero nos hospedábamos en su casa. Y siempre que tenía una oportunidad nos la contaba. Resulta que hace once mil años en las sierras de Córdoba ya habitaban estos indígenas, la leyenda decía que: “la bestia” era un descendiente de los Comechingones, más que un descendiente era una involución de los mismos, media dos metros y era muy velludo, dientes afilados como navajas y garras más poderosas que las de un Oso pardo. Contaba también que en los principios había muchas “bestias” y estas estaban en guerra con los Comechingones. Al final los últimos lograron sobrevivir gracias a su gran número, pero la leyenda cuenta que algunos sobrevivieron y que al ser pocos se alejaron de las sierras y se escondieron, uno de esos escondites podría ser “la cueva”. Mi hermano siempre me tranquilizaba y me decía que el Bisa —como le decíamos— solo quería asustarnos. Nunca contaba la historia delante de nuestros padres.
Siempre le tuve un pavor irracional al Bisa, tenía más de cien años, estaba encorvado y tenía una gran joroba, los dedos de las manos eran extremadamente delgados y estaban enroscados. Su voz era ronca y grave, realmente era un gran cuentista y a mis diez años era imposible no morir del miedo. Desapareció hace tres años y a su avanzada edad lo dieron por muerto, la casa de veraneo finalmente la heredó mi Madre. Una de las razones por la cual no habíamos vuelto era que el Bisa estaba muy viejo, y luego de darlo por muerto hubo un problema con la sucesión de la casa, por esa razón no volvimos a ir por tanto tiempo. Siempre fue nuestro lugar predilecto para vacacionar. Los años que no pudimos venir a las sierras fuimos a la costa, a Villa Gesell. También muy lindo, mas las sierras de Córdoba tienen su magia. Mi hermano y yo deseábamos volver más que cualquier cosa en el mundo. El Bisa era el único que sabía de nuestra travesura a la terrorífica cueva. Mi hermano decía que al Bisa lo había devorado “la bestia”, por supuesto que yo no lo creía.
Por fin dimos con el sendero de la muerte —como lo había bautizado mi hermano— una vez allí debíamos seguirlo hacia las sierras. El bosque era vetusto, tupido y oscuro; el aire nos escaseaba y no era debido a la altura, era copioso y nauseabundo. Evidentemente nos estábamos acercando. Llegando al final del sendero el camino parecía ser de arena, mas esta era llamativamente blanca. Mi hermano que era muy ducho e imaginativo me dijo:
—No es arena, tontín. Son huesos molidos de las sobras de comida que fue dejando “la bestia” durante más de diez mil años.
Se me erizo la piel y el corazón me dio un vuelco, realmente no lo habíamos pensado bien, si la leyenda era cierta estábamos yendo a la boca del lobo y el mismo era mucho más peligroso.
Nos encontramos con la boca de la cueva, su entrada estaba cubierta con enredaderas y con telas de araña. Las quitamos de en medio y vimos la oscuridad misma, se me erizó el alma. Mi hermano parecía más decidido a entrar que yo, solo nunca lo hubiese hecho. Avanzó él primero, lo seguí para no parecer un cobarde, pero por dentro moría y por fuera mis piernas flaqueaban. Esta vez contábamos con linternas y por lo menos veíamos por donde andábamos, el olor seguía siendo viciado, caían gotas del rio que fluía por arriba nuestro. Y la cueva estaba llena de estalactitas y estalagmitas. El olor era como a carne podrida y se veían huesos y calaveras a cada paso.
De repente sentí como algo me caminaba por el hombro, salté y pegué un grito que retumbó por toda la cueva, mi hermano me iluminó el hombro y en él había una tarántula enorme, me petrifiqué, mas mi hermano me la quitó de encima con la linterna. Tardé varios metros en volver en mí y para colmo se escuchaban ruidos a lo lejos. Mi miedo iba creciendo, varias veces me tocaron los pies y después con pavor logré ver que eran ratas enormes de las que hay en las alcantarillas. Lo peor de todo fue cuando cansado de andar me apoyé en una roca y salieron volando espantados unos murciélagos, quizá el peor animal no mitológico vivo. Llegado un momento me acostumbré al miedo y no le daba importancia a los grandes insectos y roedores.
Mi hermano vio un flujo de agua y decidió seguirlo, me dijo:
—Debemos seguir el agua, siempre te llevan hacia la salida y lo que más queremos es encontrarla, ¿no es cierto? —exclamó con miedo por primera vez.
—No, debemos resolver este misterio —repuse yo.
Mi miedo había desaparecido y lo único que quería era encontrar la verdad. Seguimos el caudal de agua durante un largo rato, si tengo que ser sincero, no sabría como volver.
Llegamos a una especie de salón circular iluminado con cuatro antorchas con dos bifurcaciones al frente, en esta había una biblioteca con libros antiguos y en el medio un gran libro abierto por la mitad. Yo inspeccioné los libros de la biblioteca y estos estaban escritos en un idioma desconocido, parecían runas.
Mi hermano miró el gran libro del medio y llegó a la misma conclusión. Me acerqué y empecé a hojearlo yo mismo y llegando al final del vetusto libro noté que una parte estaba escrita en castellano. Solo un párrafo era legible, en él decía:
“En las penumbras de mis últimos suspiros veo que mi destino es el mismo que mis antepasados, con la incertidumbre de vivir para siempre seguí los rituales en la sala sempiterna sin medir las consecuencias, o quizá ¿ese sea el cruento destino de nuestro pueblo?”.
Nada más era legible, parecía que el que había escrito aquello le había agarrado un ataque de epilepsia, se leían puros garabatos. Era la primera vez que la cueva se bifurcaba desde que habíamos seguido el caudal de agua. Decidimos dividirnos, yo seguí por la derecha y mi hermano por la izquierda, con la inquebrantable promesa de volver ante el primer peligro o futuras bifurcaciones. Avancé con bravura, no era yo. En cambio, mi hermano que en un principio parecía no temerle a nada, temblaba como una rama. Anduve por varios metros y el olor era más fétido que nunca, era olor a carne podrida y descompuesta. Me coloqué la bufanda que llevaba en el cuello y me cubrí la nariz y seguí a paso firme. Llegué a una sala otra vez iluminada donde había una especie de bañadera de roca llena de animales y lo que parecían seres humanos a medio comer, tripas y sangre roja negruzca por todos lados. De la única salida de esa carnicería se escuchó una voz familiar que me heló la sangre, era la voz de mi Bisabuelo, di marcha atrás gritando y corrí en busca de mi hermano. En medio de los dos salones me encontró y me preguntó:
—¿Qué pasó? ¿Viste algo?
—No, pero escuché la voz del Bisa— señalé tartamudeando.
—No puede ser, habrás alucinado.
Me tomó de la mano y me llevó para que lo viera por mí mismo, en medio del camino me solté, mas él siguió su camino. Yo me quedé quieto en el lugar, el miedo no me dejaba pensar, en esto se escuchó un rugido, luego un grito de pavor y luego un grito de dolor. Yo seguía inmóvil, no podía moverme. Cuando de repente vi a mi hermano volver hacia mí corriendo despavorido, se tomaba el hombro derecho con su mano izquierda y este le sangraba.
No llegué a decir nada que él me gritó:
—Huyamos que la bestia me ha mordido.
Mucho de lo que sucedió en esos momentos de desesperación no lo recuerdo, solo sé que sentí el mayor pavor de mi vida y que solo corrí, solo corrimos. Mi hermano apoyó su mano izquierda en mi hombro y corrí todo el trayecto con él a cuestas.
La espesa y pestilente oscuridad se hizo día y volvimos al sendero de la muerte, mi hermano estaba pálido como la cera, había perdido mucha sangre. Corrí con él a cuestas hasta que dejamos el sendero y no pude más con la intriga y le pregunté:
—¿Cómo era la bestia?
—La bestia es peor de lo que imaginábamos, mide dos metros y medio de alto, pelaje tupido y rojizo, garras como cuchillos y los dientes más afilados que vi en mi vida —respondió en medio de sollozos.
—¿Viste al Bisabuelo? —volví a preguntar.
—No seas estúpido, la bestia me ha mordido y pudo haberme matado y tú me preguntas por el Bisabuelo.
—Perdón, debo haber escuchado mal, sigamos que tienes que ir al hospital.
Seguimos todo el camino hasta que nos encontramos con nuestro Padre que estaba buscándonos desesperadamente. Cuando lo vimos mi hermano suspiró de alegría y cayó desmayado.
Cuando despertó estábamos en el hospital, había dormido durante cinco días, una vez que le dieron el alta volvimos para Buenos Aires.
Pactamos no volver a hablar de “la cueva” y de la bestia, pero yo no podía sacarme de la mente que había escuchado la voz del Bisabuelo. Tuve que sacármelo de la cabeza, era totalmente irracional solo de pensar eso, el Bisa tenía más de cien años, apenas caminaba, era prácticamente imposible que pudiese llegar a la cueva por sí solo.
Pasó todo un año y volvimos a Mina Clavero, nunca hablábamos de lo sucedido el año anterior. Las vacaciones pasaron normalmente hasta que un día mi hermano desapareció. Lo buscamos toda la tarde, hasta pensé que había vuelto a la cueva. Pero llegada la noche reapareció, no quiso dar ninguna explicación y solo dijo que era grande y que podía hacer lo que él quería.
Cuando nos fuimos a dormir le pregunté donde había andado, mas no quiso decirme nada. Imaginé que había estado con la vecina que de un año al otro se había vuelto una hermosa mujer.
Tuve las peores pesadillas esa noche, tuve visiones de la cueva y hasta sentí su fétido hedor. El aire me escaseó y cuando abrí los ojos ellos no veían nada, creí estar soñando. La oscuridad fue cesando y me encontré en el salón sempiterno iluminado por antorchas. Mi hermano parecía estar leyendo el gran libro de runas, eran palabras desconocidas con sonidos nunca antes escuchados. Su cuerpo se estremeció, sus ojos se tornaron rojos, le empezó a salir espuma por la boca y su cuerpo empezó a tener una metamorfosis, su estatura pasó de un metro setenta a dos metros y medio, sus manos se convirtieron en cuchillas y le creció pelaje rojizo por todo el cuerpo; justo antes de terminar su transformación me dijo con una voz grave y gutural:
—Serás mi primera comida camino a la incertidumbre de la vida eterna…
Fin.






viernes, 7 de febrero de 2020

La abeja y la flor





Ahora que probé tu néctar quisiera polinizar tu flor todos los días,
desojar tus pétalos uno a uno hasta que pueda ver tus estambres y pistilos.
Sin corola quedarías desnuda de cuerpo y alma.
Si me das tu polen esta noche, yo te entregaré toda mi miel.
Tu perfume me sedujo y tu ambrosía me terminó de enamorar.
Quisiera que me quieras como al rayo de Sol
y me necesites como a el agua que tus raíces saben cosechar.
Ser la clorofila de tu fotosíntesis,
ser la luz de todas tus mañanas.
Quiero que tu savia sea mi único alimento,
mientras yo te polinizo vos me regalas tu flor.
Vos me das tu sustento y yo te doy la vida,
tu cáliz me sostiene mientras a tu flor la hago mi reina.
Nunca te arrancaría porque eres la fuente de mi existencia,
y vivirías solo unos días en una vasija.
Sin ti mi vida no sabría a miel
y sin mí te marchitarías.

viernes, 17 de enero de 2020

De dudas y certezas


Tenemos dudas porque no nos atrevemos a combatirlas a través de nuestras certezas,
en cambio, a nuestras certezas le damos el beneficio de la duda.
Creemos más en ellas que en nosotros mismos.
Cuando creamos y tiremos todos para el mismo lado y disipemos nuestras propias dudas, quizá logremos avanzar como sociedad. Sobre todo, hay que dejar los egoísmos y la soberbia a un costado de la ruta, poner quinta y acelerar hacia adelante sin mirar atrás.
Sin embargo, duda. Siempre duda.
La duda es la base de la inteligencia, siempre que venga acompañada de la consiguiente investigación y una vez desasnada la duda, vivirá en nuestros corazones para siempre la tan esperada certeza.




jueves, 9 de enero de 2020

Con todos los sentidos


Solo tengo ojos para percibir tu mirada
Solo detuve mi mirada ante el albor de tus ojos majestuosos
Solo tengo corazón para el palpitar de tus caricias
Solo tuve pulsaciones cuando probé tus besos extasiados
Solo tengo boca para acercarme poco a poco a tus labios
Solo tuve gusto para probar tu incesante humedad
Solo obtuve alegría cuando conocí tu incipiente sonrisa
Solo tengo nariz para exhalar el perfume de tu verdadera esencia
Solo tuve olfato para no permitirme olvidarte
Solo tengo orejas para oír la melodía de tu voz
Solo tuve oídos cuando te escuché decir un sincero te amo
Solo tengo manos para tu piel y tus senos de miel
Solo tuve tacto para tocar tu intensa humanidad
Solo tengo piernas para llegar cuanto antes ante ti
Solo tuve prisa cuando me llamaste por mí nombre
Solo tengo intuición para poder intuirte
Solo tuve vida cuando te contuve a mi lado
Solo tengo pesadillas cuando estamos enojados
Solo tuve sueños cuando me atreví a soñar a tu lado
Solo sostuve mi sonrisa cuando logré hacerte reír por primera vez
Solo tuve sentido cuando mis sentidos te sintieron…
…a primera vista


miércoles, 9 de octubre de 2019

Con vos es otra cosa


Hay despedidas que me desarman y reencuentros que me vuelven a armar, aunque el corazón continúe roto, la vida vuelve a sonreír. Te pido que vuelvas, para que cuando nos volvamos a ver nos desarmemos a abrazos y nos volvamos a armar a besos.
Nadie en el mundo sabe sonreír como vos, esa es tu mejor cualidad. Porque saber sonreír no es para cualquiera, los tibios hacen muecas, los fríos ni se molestan. Por tus venas corre lava ardiente y tus emociones lo demuestran, los ojos se te achinan y te brillan al unísono. Los hoyuelos que se te forman al hacerlo, solo por ellos escribiría mil versos. Les dedicaría toda una oda, mientras la inspiración valga la pena y tus hoyuelos lo valen.
En el sexo prefiero salir perdiendo, cierto que con vos no es eso, es otra cosa, algunos le dicen: “Hacer el amor”. Pero yo prefiero que el amor nos haga la vida y mientras tanto vivamos la cotidianidad de las vicisitudes mundanas.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Para poder escribirte...


Para poder escribirte primero tuve que verte.
Sino puedo verte me conformo con extrañarte,
sino puedo extrañarte me conformo con ver esta noche la luna en un cuarto menguante.
Para poder verte primero tuve que escribirte.
Sino puedo escribirte me conformo con pensarte,
sino puedo pensarte me conformo con recordar un atardecer en la isla de Es Vedrá.
Para poder extrañarte primero tuve que pensarte.
Sino puedo pensarte me conformo con olvidarte,
sino puedo olvidarte me conformo con mirar el albor de tus ojos verdes.
Para poder mirarte a los ojos primero tuve que atreverme.
Sino puedo atreverme me conformo con haberte robado una sonrisa,
sino puedo robarte una sonrisa me conformo con contemplar el amanecer de tu mirada.
Para poder robarte una sonrisa primero tuve que hablarte.
Sino puedo hablarte me conformo con escucharte,
sino puedo escucharte me conformo con escuchar los latidos incesantes de mi corazón.
Para poder sentirte primero tuve que amarte.
Sino puedo amarte me conformo con haberte conocido,
sino puedo conocerte me conformo con haberte amado antes de haberte conocido.

Cuarentena

Ojalá nos curemos en el aislamiento que el aislamiento nos cure del egoísmo que la falta de egoísmo nos cure de la falta de empatía ...